Carlos Alberto Barreto, remisero que se sintió señalado por manifestaciones de un médico oncólogo de Gualeguaychú, salió públicamente en redes sociales a manifestar que “después de perder a mi esposa quisieron destruir mi nombre”.
“Nunca hubo agresión física. Nunca hubo amenazas. Nunca amenacé enfermeras ni personal del hospital. Y quienes me conocen saben perfectamente cómo soy”, remarcó Barreto.
El médico Franco Ramello había escrito que estaba angustiado porque era amenazado y hasta había sido agredido físicamente por el esposo de una paciente que falleció, a quien señaló como un remisero de conductas violentas, entre otras expresiones.
Ahora, el remisero Barreto respondió también a través de las redes, aseguró que amó y acompañó siempre a su mujer, fallecida recientemente, y que “jamás” fue denunciado por actos de violencia.
La defensa de Barreto
Esto es lo que escribió Barreto en redes sociales.
Mi nombre es Carlos Barreto, tengo 46 años, soy remisero en Gualeguaychú y hoy necesito contar mi verdad. No para pelear con nadie, sino porque siento que después de perder a mi esposa también quisieron destruir mi nombre.
Hace más de 20 años conocí a la mujer de mi vida. Ella era paraguaya y estaba trabajando en Europa. Dejó todo por venir a vivir conmigo a Gualeguaychú. Acá formamos una familia hermosa y tuvimos un hijo que es lo más importante que tenemos.
Hace 13 años nos tocó recibir la peor noticia: cáncer de mama.
Desde ese día nuestra vida fue una lucha constante. Y cuando digo “nuestra”, lo digo de verdad. Porque nunca la dejé sola. Nunca.
Fueron años de hospitales, viajes, estudios, tratamientos, noches sin dormir, miedo, angustia y también esperanza. Mi esposa no tenía familia sanguínea en Argentina. Su familia éramos nosotros: mis hijos, mis padres, mis hermanos y yo. Todos juntos empujando para el mismo lado.
Yo trabajaba de remisero de noche porque era la única forma de sostener económicamente a mi familia y durante el día poder estar con ella, acompañarla, cuidar la casa y estar para mis hijos. Hace 16 años trabajo de remisero en esta ciudad y jamás tuve una denuncia, un problema de violencia o un antecedente de ningún tipo. Nunca pisé una comisaría ni un juzgado por un conflicto generado por mí. Mis compañeros de trabajo me conocen bien, saben quién soy y saben que no soy la persona que hoy quieren mostrar públicamente.
Lo que más me dolió de todo esto no fue solamente perder a mi compañera de vida después de 13 años de pelea. Lo que más me dolió fue leer públicamente que yo nunca estuve para ella, que la abandoné o que era una persona violenta.
Eso es mentira.
Tengo fotos, videos y recuerdos de interminables horas en hospitales y clínicas acompañándola. Mis hijos fueron testigos de cada lágrima, de cada madrugada, de cada viaje y de cada esfuerzo que hice por su mamá. Y si hoy puedo mirarlos a los ojos es porque ellos saben perfectamente cuánto luché por ella hasta el último día.
En el último tiempo, la salud de mi esposa empeoró muchísimo. Nosotros sentíamos desesperación e impotencia. Pedíamos respuestas, estudios, derivaciones, ayuda. Queríamos agotar todas las posibilidades porque amábamos a esa mujer y no queríamos perderla.
Y también quiero decir algo que muchísima gente de Gualeguaychú conoce porque lamentablemente es una realidad del hospital público: muchas veces los profesionales no cumplen los horarios por los que se les paga y es muy difícil encontrarlos cuando uno necesita hablar con ellos. Nosotros vivimos esa situación durante mucho tiempo y este doctor no era la excepción. No digo esto para faltarle el respeto ni para acusarlo de abandonar a mi esposa, pero sí porque no es verdad que estuvo siempre presente como hoy quiere hacer creer públicamente.
Muchas veces lo buscamos y no estaba. Muchas veces necesitábamos respuestas y no las encontrábamos. Y eso, para una familia que está viendo apagarse a un ser querido, genera desesperación, angustia e impotencia.
En medio de ese dolor, uno de los últimos días de vida de mi esposa, crucé al doctor en un pasillo del hospital y le dije, desde la tristeza y la impotencia de un marido que estaba viendo apagarse a la mujer que ama, que cuando todo terminara iba a contar públicamente cómo nos habíamos sentido durante este proceso.
Eso fue todo.
Nunca hubo agresión física. Nunca hubo amenazas. Nunca amenacé enfermeras ni personal del hospital. Y quienes me conocen saben perfectamente cómo soy.
Por eso me dolió profundamente ver que, a menos de una semana de la muerte de mi esposa, se me expusiera públicamente en redes sociales y medios de comunicación como si fuera una persona peligrosa o violenta, cuando yo todavía estaba tratando de explicarle a mis hijos por qué su mamá ya no iba a volver.
Yo no tengo poder. No soy médico. No soy una persona reconocida. Soy un simple remisero que hizo lo que pudo con las herramientas que la vida le dio.
Y quizás por eso hoy siento que fue muy fácil apuntarme y ensuciarme públicamente sin pruebas. Ni siquiera es verdad que nos dieron una mano con el DNI de mi señora, eso lo conseguimos gracias a la ayuda de un amigo y lo resolvimos en Migraciones y la Policia Federal en Concepcion del Uruguay.
No odio a nadie. No busco venganza. Estoy destruido por dentro y solamente quiero defender mi verdad, mi dignidad y el recuerdo de mi esposa.
También quiero decir algo importante: si en algún momento corresponde analizar médicamente cómo fue atendida mi señora durante todos estos años, eso deberá hacerse donde corresponde y con profesionales. Pero hoy lo único que necesito es que no se mienta sobre mí ni sobre el amor que tuve por mi mujer.
Porque podrán decir muchas cosas, pero jamás podrán decir que la abandoné y mis hijos y mi familia son el verdadero testigo de esto.
La acompañé hasta el último suspiro de su vida.