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“El pericón más grande del país también tuvo su Julieta”

Publicamos el texto que nos envió un turista de Villa Elisa que estuvo el 25 de Mayo en Gualeguaychú. Una historia de amor casi invisible.

31 May, 2026, 19:19 PM

Este 25 de Mayo vivimos algo que jamás vamos a olvidar en el Corsódromo de Gualeguaychú.

 

Desde temprano aquello era una verdadera fiesta patria. Calles desbordadas de gente, banderas argentinas flameando por todos lados, agrupaciones a caballo, fuerzas militares, escuelas, música, bombos, aplausos… y una ciudad entera emocionada celebrando la Patria.

 

No sé cuánta gente había. ¿30 mil? ¿40 mil? ¿50 mil?

 

Solo sé que era una multitud imposible de explicar con palabras.

 

Con mi señora, ambos docentes de una escuela agrotécnica con residencia estudiantil, mirábamos todo apoyados sobre una baranda esperando el inicio del Pericón más grande de la Argentina.

 

Y fue ahí… en medio de miles de personas… cuando pasó algo inesperado.

 

Sentí que me tocaron suavemente el brazo.

 

—“Señor… ¿le puedo pedir un favor?”

 

Era un muchachito flaquito, tímido, de unos 16 años.

 

—“¿Me prestaría el celular para avisarle a mi papá que no voy a ir a comer?”

 

Por un instante me quedé duro.

 

En estos tiempos uno escucha tantas cosas… que la cabeza piensa rápido. Más todavía en semejante multitud.

 

Mi señora quedó atenta al lado mío. Y yo también.

 

Lo primero que pensé fue: “¿Cómo sabe que tengo el celular guardado en el bolsillo si ni se veía?”

 

Después entendí que seguramente hacía rato estaba parado cerca nuestro mientras yo sacaba fotos.

 

Pero había algo en él… Algo sano. Algo respetuoso. Algo que transmitía confianza.

 

No quiso inventar excusas. No pidió plata. No pidió nada raro.

 

Solo quería que sus padres no se preocuparan.

 

Le dije: —“Decime el número y lo llamamos.”

 

No le permití mandar mensajes, así que marqué yo y le puse el teléfono en la mano.

 

Y entonces pasó algo que me terminó de desarmar.

 

El chico puso el altavoz.

 

Como diciendo: “Quédese tranquilo señor… no tengo malas intenciones.”

 

Del otro lado atendió el padre.

 

—“Papá, llamo para avisar que estoy en los festejos y no voy a ir a comer así no se preocupan.”

 

La voz del padre cambió inmediatamente. Ya estaba tranquilo.

 

Le preguntó si tenía plata. El chico respondió que sí… aunque por la cifra que dijo, apenas le alcanzaba para pasar la tarde.

 

Y entonces ocurrió el detalle que me hizo entender absolutamente todo.

 

Un amigo del muchacho lo codeó y le dijo bajito:

 

—“Mirá quién está ahí…”

 

Levanté la vista.

 

Frente a nosotros estaba una joven bailarina, vestida para el Pericón, con una sonrisa llena de vida esperando salir a la pista.

 

Y ahí entendí por qué me había elegido a mí entre miles de personas.

 

No fue casualidad.

 

Nosotros estábamos justo enfrente de su Julieta.

 

Después empezó el baile. Miles de pañuelos girando. La música. La emoción. La Patria hecha danza.

 

Y cada tanto, entre tanta gente, ellos se buscaban con la mirada.

 

Cuando terminó el Pericón, los bailarines dieron la vuelta completa al Corsódromo saludando al público.

 

Ella pasó delante nuestro y levantó apenas su manito saludando dulce, casi escondida entre la gente.

 

Él le devolvió el saludo con una sonrisa nerviosa que jamás voy a olvidar.

 

Más tarde los vimos caminar juntos entre las pulperías, riéndose, hablando bajito, felices.

 

Y mientras los miraba pensé algo…

 

Tal vez ese muchacho no tenía dinero suficiente ni para invitarle un pastelito patrio.

 

Pero tenía algo muchísimo más valioso: Educación. Respeto. Valores. Y el corazón bien puesto.

 

Porque en tiempos donde muchos dicen que la juventud está perdida… ayer, en Gualeguaychú, vimos exactamente lo contrario.

 

Vimos un chico preocupado por avisarle a su familia. Vimos respeto. Vimos inocencia. Vimos ternura.

 

Y también vimos que, hasta en el Pericón más grande del país… había lugar para una historia de amor.

 

Nano Viollaz, Villa Elisa.

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