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Un acontecimiento inédito en el río Jordán

La columna de monseñor Jorge Eduardo Lozano, arzobispo de San Juan de Cuyo.

11 Ene, 2026, 10:06 AM

Un día sucedió algo nunca visto. Casi me animo a decir que inesperado por la gran mayoría. El Pueblo de Israel tenía el recuerdo del relato del libro del Génesis, cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, cerrando el paso con un ángel blandiendo una espada de fuego (Génesis 3, 24). Eso era leído como “aquí no vuelven más”.

 

Cada comienzo de año, la Iglesia nos invita a celebrar el Bautismo de Jesús en el río Jordán, un momento clave donde el cielo parece inclinarse hacia la tierra para recordarnos cuánto nos ama Dios. En este domingo 11 de enero, nos detenemos a contemplar esa escena del Evangelio según Mateo (3, 13-17) que nos habla del gran abrazo entre Dios y la humanidad. Volvemos al origen de nuestra fe y nuestra identidad como bautizados.

 

El relato nos dice: "Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; en ese momento se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y una voz desde el cielo decía: 'Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección'".

 

Que "se abran los cielos" no es solamente una imagen bella: significa que la distancia entre Dios y nosotros se borra, que ya no hay separación. Dios quiere encontrarse con su pueblo, con cada persona. El cielo abierto es el símbolo de la comunión real, palpable, posible, entre lo humano y lo divino. Se abre y no se cierra más. En el Bautismo de Jesús, Dios nos muestra su deseo de estar cerca, de habitar nuestra historia.

 

El Espíritu Santo desciende "en forma de paloma", imagen de paz, de ternura, de un nuevo comienzo. Así como en los primeros versículos de la Biblia la paloma anuncia el fin del diluvio y el inicio de una vida nueva, acá el Espíritu renueva y sostiene la vida de Jesús, y en Él, la vida de cada cristiano. Esa fuerza suave y luminosa nos acompaña siempre.

Y la voz del Padre se deja oír: "Este es mi Hijo muy querido". No es una frase genérica. Es la declaración de amor más profunda, dirigida a Jesús, y extendida en el bautismo a cada uno de nosotros. Dios nos llama hijos, nos elige, nos abraza.

 

Al celebrar el Bautismo de Jesús, recordamos el nuestro. Ese día, los cielos también se abrieron para nosotros. Dios no solo nos recibe en su familia, sino que nos confía una misión: ser portadores de su amor en el mundo. Ser bautizado es llevar en la piel y en el corazón la certeza de que somos hijos amados y enviados.

 

Te comparto fragmentos de un diálogo que tuve con Lucía, una mamá joven que fue abandonada por su novio al enterarse del embarazo, y que atravesó obstáculos para bautizar a su pequeño hijo Tomás.

 

—Lucía, ¿qué sentiste el día del bautismo de Tomás?

 

—Fue una felicidad difícil de explicar. Hubo meses complicados: mudanza, trabajo, la pandemia que no terminaba, pelear sola… Todo parecía en contra. Pero nunca solté la esperanza. Las dificultades para ponernos de acuerdo con los padrinos, trabas para conseguir los documentos que nos pedían. El día del bautismo, al ver al padre derramar el agua sobre Tomás y decir su nombre, sentí que todo valía la pena. Era como si Dios me dijera: “Tranquila, tus esfuerzos no son en vano. Este niño es mío y también tuyo, juntos vamos a acompañarlo siempre”.

 

—¿Qué te dejó ese momento?

 

—Muchísima paz. Y la certeza de que no estamos solos. En esos minutos, sentí que los cielos también se abrían para nosotros. Me llenó de alegría saber que Tomás es hijo muy querido de Dios, como lo soy yo y todos. Eso me da fuerzas para seguir, para educarlo con amor y esperanza.

 

La fiesta del Bautismo del Señor nos invita a redescubrir lo esencial: somos hijos amados por Dios, llamados por nuestro nombre, abrazados por el Espíritu. No hay dificultad que cierre el cielo para nosotros: Dios siempre encuentra el modo de acercarse.

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