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Publicamos la excelente y emotiva columna del periodista de Fray Bentos Eduardo Irigoyen Garcรญa, tras el fallecimiento de Luis Bonilla, hombre de radio y de televisiรณn.

12 Ene, 2026, 19:28 PM

¡Quรฉ tristeza!

Ya no camina mรกs por este mundo Luis Bonilla, el Negro Bonilla.

 

Y el hondo pesar —esa expresiรณn antigua de las necrológicas radiales— esta vez no es una fórmula: es exacta.

Duele hondo, porque el afecto fue profundo y verdadero.

 

Un amigo peronista solรญa decirle (fui testigo), con una mezcla perfecta de picardía y cariรฑo, que era “el รบnico negro de la UCR” que conocía. En boca ajena podría haber sido una ofensa; entre ellos era una broma íntima, una marca de confianza.

Así era Luis: alguien que convertía las diferencias en cercanía.

 

Su vida parece haber transcurrido en ese país a la vez imaginario y real: el litoral compartido del Uruguay y la Argentina, con Gualeguaychú, Fray Bentos, Mercedes, Nuevo Berlín.

Un territorio tejido más por la radio que por los mapas.

Hoy ese paisaje está un poco más triste y más silencioso.

 

Muchos —muchísimos— deberían agradecerle a Luis el nacimiento de amores, parejas, familias enteras.

Adolescentes que a fines de los aรฑos 80 bailaban con su música y su voz, hoy son padres y quizás abuelos.

Porque Pasajeros del Sol no fue solo un programa de radio: fue un punto de encuentro emocional, un ritual compartido, una fiesta itinerante.

 

Irrumpió con una fuerza incontenible en Radio Nacional de Gualeguaychú, cuando la frecuencia modulada todavía era una novedad en Fray Bentos.

La claridad del sonido sorprendía; la música —pop y rock anglosajón, algo de rock argentino— sonaba distinta. Pero sobre todo era él: el Negro Bonilla animando tardes enteras cada vez que el programa cruzaba el río.

Fray Bentos lo sabe bien.

 

En su momento fue un verdadero ídolo popular y, además, un tipo profundamente querido. Cuando la Intendencia de Río Negro, bajo el gobierno de Mario Carminatti, coincidió con Gualeguaychú en impulsar políticas comunes de promoción turística y sociocultural, era natural que Luis estuviera ahí, acompaรฑando esa aventura colectiva, casi como un reclamo natural de la gente.

Políticos, periodistas, técnicos, músicos y soñadores compartían un mismo impulso: unir lo que el río separa solo en apariencia.

 

Pasajeros del Sol era un programa pensado para durar apenas tres meses durante el verano de 1989, que terminó extendiéndose por tres años.

De la radio pasó a los bailes y cruzó fronteras para animar multitudes en Fray Bentos, Mercedes, Dolores, Young.

Clubes llenos. Agradecimientos. Gentileza. La sensación de Luis se sentirse en casa.

Todo eso le cambió la vida. Le permitió recorrer el interior, conocer personas, encontrar el amor y formar una familia.

 

En los últimos años —me acabo de enterar— siguió trabajando en comunicación, ya no tanto frente al micrófono sino detrás de cámara, en tareas de producción y dirección.

Pero su voz —esa voz— quedó grabada en la memoria de miles.

 

No soy creyente ni creo en una vida después de la muerte. Aun así, me permito imaginarlo como un ángel exterminador —le pido prestada la imagen a Buñuel—, pero no del juicio ni del castigo, sino de la tristeza, el desamor y el aburrimiento.

Un ángel discreto, de perfil bajo, tono amable y cercanía.

 

Sembró alegría.

Hizo bien al corazón, a la cabeza, a los pies, a los brazos… y hasta a las bocas de quienes terminaron besándose gracias a una canción.

 

El Negro Bonilla generó amor.

En una orilla y en la otra.

Amor sencillo, cotidiano, de ese que nace bailando, escuchando radio, sintiéndose parte de algo más grande.

 

A mis amigos de Gualeguaychú —a quienes tanto quiero y con quienes tanto discuto— les digo sin pudor: Luis Bonilla también era un poquito uruguayo (porque lo sentíamos así).

 

Hoy el río sigue corriendo, la radio sigue sonando, pero falta algo.

Falta una voz.

Falta alguien que supo, como pocos, unirnos sin discursos y sin fronteras.

 

Luis, gracias por tanto.

Te vamos a extrañar.

 

Eduardo Irigoyen García

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