Publicamos la columna de domingo escrita por monseñor Jorge Lozano
Hace unos años, visitando una escuela secundaria, un adolescente me decía “¿para qué celebrar la Semana Santa cada año, si ya sabemos cómo termina?”. Es cierto que “ya sabemos cómo termina”, pero la incidencia en cada persona varía según el modo en que lo vivimos.
Estamos en el primer domingo de cuaresma y la Iglesia nos invita a adentrarnos en el camino hacia la Pascua. Para muchos, este tiempo litúrgico puede parecer “más de lo mismo”: rituales repetidos, palabras conocidas, gestos que se reiteran. ¿No nos pasa que, por costumbre, entramos en la cuaresma sin preguntarnos qué espera Dios de nosotros? Sin preguntarnos ¿qué espero yo de Dios?
Vivimos en una sociedad que nos empuja a buscar comodidad y evitar los desafíos. En la vida de fe, esto se traduce en una zona de confort donde todo se vuelve rutina. La modorra espiritual es ese letargo que nos impide crecer, ese acostumbramiento que nos aleja del corazón vivo del Evangelio. Cuaresma es el momento para romper el molde, para dejar que el Espíritu nos sacuda y nos saque de esa tibieza.
Hoy Jesús nos invita a entrar con Él al desierto y recordar las pruebas y tentaciones que experimentó, y el camino que tomó para vencer: la Palabra de Dios. Miremos que en Él fuimos tentados, y con Él hemos vencido. Esas pruebas se hacen presentes en quienes sufren soledad, enfermedad, tristeza, tentaciones, dudas. Acompañar a Jesús significa estar cerca de los que luchan, de los que caen, de los que buscan sentido. Es vivir una comunión real, una experiencia profunda de empatía y solidaridad. Allí, en el dolor ajeno, está Jesús esperando nuestro acompañamiento y nuestra oración. Recemos cotidianamente, unos por otros, “no nos dejes caer en la tentación”.
La fe no es solo adhesión a una doctrina, ni cumplimiento de normas. Es, ante todo, un encuentro con Jesús Vivo. Cada uno de nosotros está llamado a la amistad con Él, a dejarse mirar y transformar. Pero este encuentro no es solo personal; se vive también en comunidad. “Nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y el ayuno sostenga un arrepentimiento real” (León XIV, Mensaje para la Cuaresma 2026).
El Papa nos propone una forma concreta de ayuno para este tiempo. “Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias”.
No podemos vivir la cuaresma sin escuchar el clamor de los pobres, los enfermos, quienes están abandonados. Jesús mismo se identifica con los que sufren, los marginados, los que esperan en nosotros un gesto de amor y misericordia. Nuestra fe se vuelve auténtica cuando nos compromete, cuando nos lleva a salir al encuentro del que necesita una palabra, una mano, una mirada. Te propongo disponer en tu casa de un sobre o una caja pequeña para colocar allí el dinero que ahorres como fruto de tus privaciones, y al finalizar la cuaresma entregarlo a alguna obra de caridad cerca de tu casa.
Cada año celebramos los misterios pascuales, pero nunca de la misma manera. Las circunstancias cambian, los desafíos son otros, las preguntas se renuevan. La cuaresma nos invita a vivir una experiencia de comunión, de compartir el camino con otros, de descubrir juntos el paso de Dios en nuestra vida. No es “más de lo mismo”.
Que este año la cuaresma sea el tiempo de dejar que Dios nos sorprenda, nos transforme y nos conduzca a una Pascua verdaderamente renovada.