Pasábamos los días de verano junto al río, entre el vaivén de las ramas de los sauces y el bullicio de las chicharras dorándose al sol. Entonces, era el agua y la pesca de mojarras lo que más disfrutaba, pero nada podía compararse con la dulce melodía que, en la quietud de la mañana, bajaba por las costas y se integraba a cada rama, a cada flor y al río, como un sueño.
Era el zorzal, señor de la costa entre los pájaros. Solo en las horas de la siesta, bajo el resplandeciente firmamento se apaciguaba el soplo de su flauta, y la selva, en su perpetuo verdor, extendía una blanda quietud, abrazada por cientos de enredaderas y de lianas.
¿Qué otras riquezas cobijaban los montes ribereños de la niñez?
Recuerdo cuando la abuela me llevaba a recorrer los madrejones en busca de lucera, marcela y poleo, que me hacía envolver en papeles de diario. Siempre me gustaron aquellas caminatas, porque en ellas aprendí a diferenciar entre el olor quejoso de los yuyos al pisarlos del de las malas hierbas, a reconocer los sonidos entre el bullicio de decenas de formas escondidas e incluso a padecer el contacto poco amigable de las ortigas y cardos. Pero ni aquellos roces rencorosos impidieron que siguiera escudriñando entre la hierba, asombrándome ante los pequeños tesoros que aparecían al paso.
En efecto, entre aquellas sorpresas presurosas por escapar, no tardaría en descubrir a un grupo de sus más atractivos exponentes: las mariposas de la costa. Anartia, Hamadryas, Phoebis o Heliconius solo fueron algunas de las maravillas aladas que vi barrer los sotos boscosos en procura de alguna extraña flor o tremolar sobre los setos bañados por el sol. En esos días veraniegos, cuando exploraba la magia del lugar, aventurándome un poco más allá de la mirada atenta de los adultos, vi por primera vez aquella gran mariposa de alas en apariencia blancas que, de vez en cuando, aparecía con vuelo sinuoso y elegante entre las sombras reparadoras de la costa.
Era la “morfo”. Claro que en aquel tiempo yo no lo sabía, ni tampoco de dónde venía; solo recuerdo que su paso bastaba para extraviar la mirada de cualquier otra mariposa que se encontrara en el lugar y causara la envidia de las flores, a las cuales, por otra parte, ella siempre ignoraba.
Propias del neotrópico, las morfos reúnen alrededor de ochenta especies, ocho de las cuales se distribuyen en territorio argentino. En su mayoría son mariposas grandes y de colores tornasolados, con predominio del azul y ocelos en la faz inferior de las alas.
De todas las especies de su grupo, la Morpho epistrophus argentinus –como la bautizara Fruhstorfer en 1907– es la más austral, la única cuya distribución geográfica se extiende tan al sur. En esta región, la morfo vive en los montes xerófilos y ribereños de la cuenca del río Uruguay y del Paraná, donde prosperan árboles como el coronillo y el ingá, –este último restringido a la ribera del río Uruguay–, que son los hospederos de sus orugas.
No obstante, a diferencia de la mayoría de sus parientes tropicales y subtropicales, nuestra especie luce un tenue celeste, como si imitara al cielo –de allí su nombre vernáculo–, difícil de distinguir cuando la mariposa vuela por efecto de la reflexión de la luz.
De vuelo pausado y armonioso, recorre sus dominios en las horas calurosas de la mañana y de la siesta, otorgándole al paisaje un matiz distinto, que invita a pensar en algún paraje tropical. Solo se detiene sobre los troncos mohosos o en el suelo húmedo de los sotos, y allí descansa o se alimenta de minerales y materia orgánica. También aprovecha los fermentos de algún fruto ocasional y los exudados de savia que derraman algunos árboles de la costa cuando sufren una herida, pero jamás visita flores para libar.
Los primeros individuos nacen a fines de diciembre, a veces antes, dependiendo de condicionantes ambientales, tales como temperatura y humedad reinantes. La vida del imago está acotada a los meses estivales, tiempo durante el cual se lo ve volar solitario o en grupos más o menos numerosos. No obstante, suele mantener un comportamiento sedentario, dado que, rara vez se aleja de los sitios en que nació.
La actividad reproductiva se inicia apenas unos días después de la emergencia. Más tarde, las hembras fecundadas ponen sus huevos redondos y blanquecinos, en grupos poco numerosos en las hojas de sus hospederos.
Un hecho curioso de esta especie es el que se refiere a las conductas de las larvas. Después de los desoves, los huevos eclosionan al cabo de dos semanas, a veces más, pero las jóvenes oruguitas apenas se desarrollan y se muestran muy poco activas. Esta etapa representa la fase de resistencia, dado que en este estadio deberán afrontar el rigor del invierno. Ocultas entre el espeso follaje de coronillos e ingás, perduran amontonadas en el envés de las hojas, adheridas a una suave alfombra de seda tejida por ellas.
Los cambios térmicos que empiezan a prevalecer en primavera, las vuelven activas y crecen rápidamente. A fines de octubre ya son fáciles de ver en la parte inferior de la copa arbórea, donde descansan formando congregaciones muy llamativas, a veces de cientos de individuos que adoptan la forma de ramilletes o pelotas, que resaltan por sus penachos de color rojo y blanco característicos.
Al caer la tarde, después del sopor del día se entregan a una curiosa procesión. Una oruga inicia la marcha y todas las demás la siguen en una extensa y ordenada fila hacia la cima del árbol, donde se alimentan durante el crepúsculo y la noche.
En verdad son tan bellas como el adulto. Todas visten un pelaje de color rojo intenso, suave al tacto; solo algunas franjas blancas y unos curiosos puntos dorados sobre el dorso rompen esa armonía.
A comienzos de diciembre o al promediar el mes –a veces en la primera o segunda semana de enero, rara vez más–, la oruga completa su crecimiento, deja de alimentarse y busca un refugio entre la vegetación lindera o la planta en que creció. Después se transformará en una crisálida colgante verde esmeralda, de corto ciclo.
Durante su época de vuelo, es común verla por terrenos descampados en horas de la siesta, reflejando su pálido color, como si se tratara de un pequeño espectro solitario.
Sin embargo, “La Solapita”, como la bautizara don Miguel Silvestrini en uno de sus cuentos para niños, poco tiene de la entidad sobrenatural y maligna que vaga solitariamente por el campo, resguardando el descanso de los adultos y procurando el castigo a los niños que se escapan de su casa durante esas horas de sosiego. En el cuento, don Miguel recuerda a la morfo –la solapita– vagar entre talares y pezuñas de vaca de antiguos caminos de chacras que hoy ya no son, y en su peregrinar produce el encanto de una niña con la que entabla una amistad.
Pero “la solapita” ha dejado de vagar en muchos de sus antiguos dominios. El progreso y la tala irreflexiva de los montes en donde echan sus raíces las plantas que la cobijan –principalmente el coronillo–, la han despojado de su hogar, y a los niños de la posibilidad de enriquecer sus vivencias con la contemplación de las riquezas naturales que, otrora caracterizara a esta parte del litoral.
*Por el profesor Daniel Barrios